Sunday, December 03, 2006

Encantadores

El rico nació en tercera base,
pero cree que metió un triple.
--Jon Winokur
, The rich are different

—Claro que los ricos son diferentes a nosotros —decía Ernest Hemingway en un mingitorio de París a Francis Scott Fitzgerald, que estaba al lado—. Es que tienen más dinero, ¿no te das cuenta?
Porque Francis Scott andaba obsesionado con los ricos. Fueron su tema primordial toda la vida. Y eso está en sus novelas: en El gran Gatsby, en Hermosos y malditos, y en sus cuentos como “Un diamante tan grande como el Ritz”, y sobre todo “El muchacho rico”. De este último es de donde proceden aquellas célebres frases:

“Let me tell about the very rich. They are different from you and me.”

Son unas líneas en que la idea más o menos es ésta: que los ricos siempre se sentirán mejores que nosotros porque empezaron desde muy temprano a gozar de las cosas de este mundo y no a medias res, es decir, a mitad del camino de la vida, como los nuevos ricos. Nacieron con eso: con la riqueza. Y son muy finos, muy suaves. No se aceleran. No se inquietan. Son muy educados y tolerantes. Son un encanto. Más de fondo, la delicada percepción de Fitzgerald viene a querer decir que en cualquier circunstancia, así sea que esté el amigo rico postrado en una cama de hospital invadido por el cáncer, siempre se sentirá no superior, pero sí mejor que uno. Podrán invitar a cenar a casa a un gran escritor, a un premio Nobel por ejemplo, y lo presumirán ante sus amigos. Bueno, pero casi siempre se considerarán mejor que el laureado escritor. ¿Por qué? Porque no fue rico desde niño (ni de grande).
Los estereotipos no son menos injustos que las generalizaciones. No es que sean muy buenos ni muy cultos ni muy encantadores. Eso depende de cada individuo. En general son bastante planos. Tienden mucho a hablar de trivialidades y hacen del desprecio un arte: miran a través de ti, te borran. Atraen a los secuestradores, a los cazadores de fortunas, a los gorrones y a los intelectuales. Son extravagantes, miserables, arrogantes, pueden mandar matar a alguien y no se les puede comprobar la autoría intelectual, tienen yates, jets, casa en Aspe, departamento en Miami. Pero también se les da a veces la filantropía: dan becas, ayudan a los hospitales, regalan sus trajes usados.
En 1970 en Madrid Juan García Hortelano, el novelista, decía que en los años 50 los narradores de su generación tuvieron que escribir una novela social para decir cosas que no se podían decir en la prensa censurada por la dictadura de Franco. Y las ideas que circulaban en aquella época tendían a presuponer que los ricos eran malos y los pobres, buenos. “Pero eso no es cierto”, decía Juan García Hortelano. “Es todo lo contrario. La novela española entonces era muy maniquea. Presentaba al burgués como un tipo infame y al obrero como a un tipo buenísimo. Me parece una de las tesis más reaccionarias que se puedan sustentar. Falsa, pero sobre todo muy reaccionaria. Porque lo que se debe contar en la novela es que el burgués es un tipo que está muy bien, y cómo no: se levanta hasta que ya no tiene sueño, tiene agua caliente todas las mañanas para bañarse. ¿Cómo no va a andar de buen humor? Es culto, inteligente y suele ser muy simpático, como toda la gente que no tiene demasiada carga de preocupaciones y está relajada y ha recibido su dosis diaria de los diferentes placeres. Lo horrendo consiste en que realmente el obrero es el que tiene mal carácter. Porque si vive sin agua, sin calefacción, de una manera miserable, sin poder aislarse con su señora en la noche porque todos están amontonados, no puede ser simpático, ni inteligente ni tierno ni bueno. Lo que hay que contar es cómo esta relación dialéctica es lo que está mal.”
Ahora, en cosa de dos o tres décadas, el discurso sobre los ricos —así proceda sin juicios ni resentimientos del pensamiento literario— ha cambiado. La palabra burgués ha caído en desuso. No se oye hablar ya de lucha de clases. Los recuentos anuales de revistas como Forbes o Fortune sobre las riquezas individuales —algunas de ellas mexicanas— despiertan el natural asombro, pero el estudio de las fortunas legales ni siquiera despierta la curiosidad de los institutos de investigaciones sociales ni el escrutinio de los periodistas críticos.
Tal vez se está imponiendo la moral del capitalismo o una discreta tolerancia. Finalmente la fortuna personal no garantiza la felicidad. Todos sufrimos y la vida es breve. A lo más que se puede llegar es a cuestionar un tipo de riqueza individual súbita, creada de la noche a la mañana, de un sexenio a otro, pero sólo cuando su legitimidad está en entredicho y afecta a terceros, es decir, al bien común.
A la mejor Fitzgerald estaba equivocado y los ricos no son tan diferentes. Habría que juzgar por individuo y no por clase: ver si han acumulado su riqueza sin explotar a nadie y sin el apoyo de presidentes y secretarios de Estado y gobernadores que están en el poder sobre todo para hacer negocios con sus amigos, privatizando industrias y servicios, transfiriéndose empresas telefónicas y monopólicas, dispensándose quiebras bancarias, en fin, disfrutando de su testaferretería.








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