Wednesday, September 06, 2006

Terra incognita

Lo más compensatorio, para quienes no votaron por Fox, fue la exclusión del PRI si no de nuestra vida cotidiana al menos del escenario político formal. Pero mucho se queda entre nosotros: en nuestras relaciones familiares y de trabajo, la simulación, la retención de información, la mala educación republicana, el clientelismo (el intercambio de favores en un interminable quid pro quo), es decir, todos aquellos valores que han impregnado nuestra convivencia civil y que, como un hongo en la epidermis, no será fácil extinguir. Habrá necesidad del paso, al menos, de una generación. Pero ya hay un punto de partida. No sabemos muy bien hacia dónde vamos, sólo que nos encaminamos a una terra incognita (la expresión es de los cartógrafos del siglo XVI) en la que todavía ninguno de nosotros ha puesto pie.
No nos la podíamos creer. La noche del domingo 2 de julio de 2001 a la sorpresa de que VF iba adelante se añadía el asombro ante los porcentajes que lo distanciaban de FL. Probablemente ni el mismo VF lo había previsto. Era tan abrumadora la operación tradicional de la Maquinaria –todo el gobierno federal y los priístas en campaña desesperada más el sutil apoyo de los medios audiovisuales— que uno no podía aceptar que esta vez sí se renunciaría a otra maniobra.
De pronto, ya con el ambiente desahogado con las cifras de las 8 de la noche que dio Televisa, el Presidente de la República compareció ante la sociedad para anunciarle que un candidato de la oposición había ganado las elecciones. Parecía, por un error de iluminación ante la cámara, que hablaba desde ultratumba, cuando de hecho se trataba del discurso más luminoso de su presidencia. Por la secuela de los acontecimientos a lo largo de la semana —por el berrinche de los priístas que ahora sí están inventando un partido político, esperemos ahora que sin los colores nacionales, y con esto ellos también salen ganando— podría especularse ociosamente que algo tramaban el domingo en la noche cuando los conjuró una suerte de golpe democrático protagonizado por el Presidente y las cadenas de radio y televisión.
“Creí que no me iba a tocar en esta vida”, dice mi tío telegrafista Francisco Quiroz que tiene 80 años y vive en Ciudad Obregón. “Yo quería dos cosas: llegar al año 2000 y ver la caída del PRI. Qué chulada.” Obró a favor de la alternancia la simpleza del mensaje propagandístico: votas por Fox y se sale el PRI, con lo que tácitamente se realizaba un referendum sobre el priísmo imperante. Era una idea muy fácil de entender: hay que sacar al PRI porque constituye una estructura de saqueo que ya no puede soportar el país. Pero asimismo contó mucho el hecho de que Fox actuaba en otro código político, en otro lenguaje. Era el único de los tres a quien la mayoría de la gente realmente entendía lo que estaba diciendo. El lenguaje enredado y la simulación, el no decirlo todo, el arte de hablar sin decir nada, la pretensión de ser “hábil”, no menos que la soberbia, hundieron a los priístas en el aislamiento y la incomunicación. Y se les acabó la película.
Jorge Ibergüengoitia se daba muy bien cuenta de que en cierto modo todos éramos responsables del PRI. Por algo ha seguido allí, decía, porque hay unos millones de mexicanos que lo han alcahueteado. Lo más novedoso de estos tiempos que empiezan a correr, y a los que aún no nos acostumbramos, es la ausencia del PRI. Tendremos que adaptarnos y reinventar las reglas de nuestra convivencia cotidiana: en los negocios, en las relaciones entre maestros y alumnos, en nuestros encuentros con la policía, en las interacciones gremiales, en nuestros tratos con los jueces y todos los servidores públicos, en los pactos nuevos del México civil. Con ello habrá de reinstaurarse la existencia del Estado. Porque estamos viendo que no en todas las familias ni en todos los individuos estaba “introyectada” la cultura priísta, la prevalencia de sus valores que presuponían como natural que utilizaran los recursos públicos para perpetuarse.
En fin, para todas las cosas hay sazón, como se dice en el Eclesiastés. Y que sea para bien, como decía Ramón López Velarde.

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